lunes, 19 de junio de 2017

Ella tenía mala suerte...

Aquella noche, en Tremerya, las ovaciones, los vítores, las luces y la fiesta no terminaban de cesar. Toda la capital. No, toda la región, celebrara el acontecimiento más emocionante y esperado desde hacía años. La princesa Elysia de Tremerya, a sus veintiséis años de edad, por fin había contraído nupcias. Si bien tal acontecimiento pudiera pasar realmente desapercibido, la población, realmente lo tomaba como una buena señal de prosperidad y bienestar para los años venideros. Así había ocurrido desde hacía generaciones, y así había ocurrido esa noche, pues Elysia, se había enlazado nada más y nada menos que con Lord Byron, gobernador de Dementia, país de las exportaciones e importaciones marítimas por excelencia. Se sabía que en Dementia no había hambruna ni pobreza, sino una enorme prosperidad. Eso significa acuerdos comerciales, protección negociadora e intercambio de nuevas tecnologías. ¿Que podía salir mal? Para Elysia, todo.

La chica no había sonreído en todo el día. De brazos cruzados, había obrado cada ceremonia por la que la habían hecho pasar. Con unos ojos cargados de rabia, miraba a su padre, el rey Xergo de Tremerya, quien parecía el ser mas complacido y feliz de todo el reino. Por debajo de Lord Byron, claro, quien seguramente no podía dejar de cuestionarse la suerte que había llovido sobre él a ser el elegido por el rey de aquel país para tomar a su hija en matrimonio. Por supuesto, toda negociación había sido establecida ajena a los intereses reales de la muchacha, quien ahora no le quedaba otra que acatar las ordenes de su rey y padre. Una vez más, se sentía desafortunada, como cada día de su vida.

Lord Byron era desconocido para ella. Jamás había visto anteriormente al hombre hasta aquel día. Y no menos importante, tenía sesenta años. Su cabeza vislumbraba una calvicie completa inminente, y sus arrugas, decoraban cada palmo de piel que rodeaba su cara. No era atractivo. Para nada. Elysia pudiese haberse contentado con, simplemente, observar que a pesar de su avanzada edad, se trataba de un hombre bondadoso y consciente de sus múltiples limitaciones con respecto a su nueva esposa, pero una vez mas, con muy mala suerte, no sucedió así.

En la cena nupcial, mientras muchísimos de los nobles invitados bailaban, bebían y reían mientras charlaban de próximas ceremonias, Lord Byron había tomado asiento todo el tiempo junto a su mujer. Descaradamente, acercándose a su oído, había empezado a entablar conversaciones con ella cuanto menos precipitadas. Si bien empezó haciendo preguntas banales sobre ella y sus aspiraciones, terminó preguntándole si aún conservaba su virtud. Elysia no supo como afrontar una pregunta tan descarada como aquella. Al mantener silencio, Lord Byron añadió que de ser así, un hombre tan experimentado, con dos matrimonios anteriores a sus espaldas, le enseñaría a ella todo cuanto un hombre podía hacerle a una mujer. Elysia sintió repulsión y nauseas. Tantas, que bebió vino para ver si se calmaba aquella sensación, bebida que detestaba.

Cuando la ceremonia terminó y el rey Xergo dio permiso a su yerno, dos años menor que él, para tomar a su hija y consumar la unión, un grupo de sirvientas silenciosas y recatadas, acompañaron a la joven princesa hasta una habitación que no era la suya habitual. Aquella habitación, que anteriormente había sido un despacho en desuso, era ahora una habitación matrimonial. Una enorme cama custodiaba el centro de la misma, adornada con cascadas de tul que rodeaban el colchón de forma graciosa. Había una mesa, un armario y un retrato de Lord Byron colgado junto a una esquina. Importado especialmente desde Dementia, supuso la chica. Una vez las sirvientas se marcharon, Elysia se tomó la libertad de examinar aquella habitación. Había un camisón sobre la cama. Cuando la mujer lo observó entre sus manos, comprendió que aquello no podía haberlo elegido su padre o las encargados de la moda a vestir de palacio. Era pequeño, estrecho, de una tela demasiado fina. Además, tenía varios lacitos rosados en cada manga y se anudaba por la zona del pecho. Elysia mentiría si dijese que no le recordaba a la ropa de cama de una niña pequeña. Sólo de pensarlo, sintió un enorme escalofrío sobre cuales eran los gustos reales de su esposo. Mordiéndose la lengua para contener su malestar, se quitó el enorme vestido blanco de bodas y se vistió con aquel fino camisón. Al observarse en el espejo que había sobre la mesa, se sintió enormemente ridícula. Nada quedaba a la imaginación, pues cada curva y forma de su cuerpo de adivinaban sobre la tela. Bufó asqueada. ¿Y ahora qué? ¿Debía esperarle tendida sobre la cama y abierta de piernas? Quizá tenía mala suerte, pero aún conservaba su dignidad y su orgullo intactos.

Curiosa, se atrevió a seguir investigando la habitación. No parecía haber demasiadas cosas llamativas, hasta que abrió los cajones de la mesa de noche de su esposo. Había una fusta, un par de velas, un pañuelo y algo con formas raras que no alcanzaba a comprender de qué se trataba. -Esto tiene que ser una broma...- murmuró, tomando la fusta con las manos. -Padre... ¿Quien quien diantres me has casado?-  al decir aquello, las puertas de la habitación se abrieron a sus espaldas. Lord Byron las cerró y empezó a descamisarse, al tiempo que ella guardaba la fusta a toda prisa para que no la pillase.
-¿Que hacéis ahí, niña?-
-Nada, nada. Solo estaba buscando mi... pluma. Escribo todos los días un diario ¿Sabéis?- mintió.
-Un diario... Cuan infantil y encantador a su vez- sonrió de forma perturbada.- Elysia tragó saliva. -Oh, lleváis puesto el camisón que mandé a diseñar exclusivamente para vos. ¿Os gusta?-
-Me queda pequeño y tengo frío con él- comentó sin rodeos -¿A caso no recordábais que en Tremerya la estación predominante es el invierno?-
-Claro que sí, mi niña. Pero ¿No es la labor de un esposo la de proporcionar calor a su mujer?- rió -Venid, dejadme veros- la princesa, aceptó con resignación su petición, colocándose frente a él y mostrando sus vergüenzas -Cuanta... belleza...- musitó. Los dedos le temblaban, ansiosos de agarrar piel. -Es un milagro que en estos tiempos... alguien como vos sea aun... inocente- comentó, como si se le hiciese la boca agua. Elysia sintió aún más ascos que antes. Conforme él se acercaba a ella, la chica daba pasos hacia atrás. Por desgracia, chocó levemente contra el bajo de la cama y no pudo retirarse más. -¿Estáis temblando, mi niña?-
-Yo... solo tengo frío- contestó la princesa con voz temblorosa.
-Oh... cuanta inocencia. No me temáis. Yo solo... voy a enseñarte... cosas que sólo descubrirás conmigo. Si te portas bien, no habrá nada que te haga daño de mi...- sus manos volaron hasta tomar la cintura de la chica. Comenzó a lamer su cuello fino y la mujer no encontró manera de zafarse de él. Raudo, llevó las manos hacia los lazos del pecho para comenzar a desanudarlos con ansias. Incapaz de contenerse, la chica interpuso sus manos frente a sus pechos y no le dejó continuar.
-No... no quiero- dijo sin más, seria y convencida. El rostro bobalicón de Lord Byron, se convirtió en un rostro serio y cargado de rabia.
-¿Sois una niña desconsiderada? ¡Soy vuestro esposo!- gritó, sacando unas cuerdas de entre sus bolsillos. ¡¿Hasta esas cuerdas las tenía preparadas?!
-No soy una niña, dejad de llamarme como tal-
-Si, eres una niña y encima contestona. Tendré que darte una lección. No me dejas remedio- La tomó de la muñeca y la llevó hacia el cabecero de la cama. La arrojó sobre el colchón y tiró de sus brazos para ponerlos en alto. Pretendía atarla sin miramientos, presa de su propia fantasía sexual. -Te dije que nada te dolería. Espero que ahora no te quejes. Eres una niña desobediente- Elysia veía como el hombre ejercía fuerza sobre ella. Sería difícil escapar si no actuaba pronto y con razonamiento. Rápidamente, se le ocurrió una idea que podría funcionar.
-Lord Byron... ¿Y por que no os ato yo?- preguntó con ronroneos. Ante aquella pregunta, el hombre se detuvo, mirándola perplejo. Volvió a estudiar todo su cuerpo por completo.
-Oh... tu niña... ¿Tu eres juguetona y traviesa?-
-Digamos que... he crecido siendo una princesa malcriada. No me gusta el control sobre mi. Me gusta más... ejercerlo y dominar- esclareció -Y experimentar- añadió. El hombre se puso nervioso. Casi se arrojó el solo a la cama con violencia.
-Niña mala... ¿Te gusta jugar a ser adulta?-
-Siempre he querido saber... que es lo que hacen los adultos- prosiguió con la estrategia. Ató a Lord Byron al cabecero de la cama con extrema fuerza, la cual pareció excitar al hombre. Negándose a mirarle su erecta entrepierna, se dirigió de nuevo hacia la mesa de noche. Tomó el pañuelo que vió antes y tapó los ojos del asqueroso hombre.
-Oh... así que habías cotilleado entre mis cosas. ¿Quieres saber para que son?- rió de forma pervertida. Mientras, cuando él ya no podía ver, Elysia se quedó mirándolo, estudiando sus opciones. Estaba condenada. Su maldita suerte la tenía condenada y cada día era peor que el anterior. Con aquel hombre allí, todo jugaba más aún en su contra. Tenía que salvarse así misma y encontrar de una vez por todas la forma de deshacer el maleficio. -¿Niña? ¿Donde estás?-
-Es ahora o nunca- murmuró
-¿Que has dicho?-

Un sonoro clanck restalló a lo largo de la habitación y Lord Byron dejó caer su cuerpo inconsciente y cabeza sangrante sobre el cabecero de la cama. Elysia respiraba de forma agitada, aún con el candelabro de la mesa de noche en las manos. Era de oro macizo. Nunca había apreciado tanto el oro como aquel día. No había tiempo.

No se vistió, no tomó nada para el viaje, apenas se molestó en dejar el candelabro en su sitio.

El palacio de Tremerya estaba rodeado por enormes zarzas y regaderas espesas apegadas a la fachada del mismo. Elysia solo tuvo que salir por la ventana y agarrarse a una de ellas. Descendió lenta y concienzudamente, pero una vez más, la mala suerte obró. Cayó, torciéndose dolorosamente el tobillo. Alertó a cada guardia y sirviente que paseaba por los jardines de palacio, de manera que sólo pudo correr, cojeando, hasta los establos. Montó en una yegua blanca, preciosa, a horcajadas, justo como su padre siempre le había prohibido porque decía que montar así no era la forma de las señoritas. Le dio con el tobillo en el lomo al animal, que salió corriendo a voluntad de la chica hasta las afueras de palacio, con toda una legión de soldados siguiéndola por las espaldas.

Llovía, llovía con fuerza aquel día, tan invernal como todos. La tierra se enfangaba y dificultaba el paso de los caballos que formaban parte de aquella persecución a lo largo de toda la capital. Elysia no tuvo más remedio que adentrarse en los bosques que colindaban toda la ciudad, con ánimo de despistar a sus perseguidores. Fue una buena y una mala idea a su vez. Por un lado, tras un rato de persecución haciendo zig zag entre los árboles y galopando sin rumbo alguno, consiguió despistar a todos los guardias que la seguían. Pero por otro, la tierra de los bosques estaban aún más enfangada que la de la ciudad, lo que provoco que, kilómetros y kilómetros alejada de la ciudad, tras un par de horas de carrera en la espesura del corazón del bosque, que no parecía nunca terminar, la yegua cediese y cayese al suelo embarrado, y junto con el animal, lo hizo la chica. La yegua consiguió ponerse en pie rápido y se fue corriendo, pero la princesa, se quedó sola, con el tobillo hinchado, incapaz de moverse por un suelo tan turbulento.

Cuando consiguió ponerse en pie, se vio sucia, asqueada y mojada. No dejaba de llover y su visión se reducía en consecuencia. No le quedaba otra que seguir hacia el frente. Al salir del bosque, ya pensaría que hacer. Eso si conseguía salir, porque con el pie así, no iba a conseguir llegar muy lejos. tenía muy, muy mala suerte. Elysia, estaba maldita.

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