martes, 20 de junio de 2017

-Esperad, esperad, esperad-  ordenó la princesa mientras el enorme hombre la arrastraba con él por toda la estancia -¡Me estáis haciendo daño!- gritó, consiguiendo nada más que la ignorancia de su ahora captor. Su agarre era firme y duro, tanto, que estaba haciéndole daño en el brazo. ¡¿Que hombre era aquel y por qué vivía en aquel castillo andrajoso?! -¡Hacedme caso! ¡Dejad de ignorarme! ¡No tienes ni idea de quien soy!- le advirtió -¡¿Sois mago?! Si sois mago y cumplís la tarea que os encomiende, seréis altamente recompensado. Si desobedecéis mis ordenes podéis llegar a arrepentiros- volvió a añadir. El hombre, simplemente, gruñó con fuerza, sin comprender que demonios sabía una mujer como ella sobre la magia -¡Más de lo que cualquiera piensa! ¡Ahora soltadme!- Una vez más, la ignoró. Arrastrándola hacia una habitación solitaria, en la cual la arrojó hasta que cayó al suelo y cerró la puerta antes de que pudiese salir. -¡Soy Elysia de Tremerya y esto que estáis haciendo es un insulto y un ultraje hacia mi nombre y mi apellido!- gritó cuando se acercó a la puerta y la aporreó desde el otro lado -¡Los soldados vendrán y os apresarán! ¡Seréis castigado y os arrepentiréis de no haber aceptado mi propuesta!- insirió -¡¡¡Dejadme salir de aquí!!!-

Elysia estuvo toda la noche gritando. No cesaba, no había silencio ahora en el castillo. Las paredes retumbaban con los ecos de voz de la chica, dotando al hogar de un ambiente molesto y pesado. La princesa continuó aporreando la puerta y lanzando cada vez improperios más desmedidos, hasta que, por fin, al amanecer, desistió.  Cayó rendida sobre el suelo, abrazando sus rodillas y suspirando -Una vez más, la mala suerte- musitó. Intentando ser optimista, intentó valorar si prefería estar allí encerrada o amaneciendo en el lecho de Lord Byron. Claramente, prefería la primera opción. Algo era algo. Aun encerraba, estaba mejor que en palacio.

Mordiéndose el labio inferior, se dejó caer sobre la puerta, y ésta, inexplicablemente, cedió. Elysia cayó de espaldas sobre el suelo mientras a sus oídos llegaba una risita infantil y peculiar. -Pero, ¿Que...?-
-Perdón. Shh... guarda silencio princesa- murmuró la voz bajita. Al lado de la chica, se hallaba la sombra de ojos dorados, inclinada sobre su propia sombra de pies. Elysia se puso en pie con esfuerzo.
-Tú... tú... ese hombre tiene que ser un mago- habló para sí misma, pestañeando deprisa
-Shhh, no es un mago, ya os lo contaré. No hagáis ruido-
-¿Por qué? ¿No vais a acceder a mi petición? -
-El amo no sabe que he abierto la puerta- otra risilla -Si mantenéis el silencio os daré comida. ¿Tenéis hambre, princesa?- Elysia se acarició el vientre sobre la tela lisa del camisón. A la luz de la mañana, aunque el castillo fuese oscuro, pudo verme mejor clareados sus atributos. Maldito Byron.
-Sí, mucha hambre-
-Entonces seguidme- La sombra comenzó a andar, si a aquello se le podía llamar andar. Se movía de forma graciosa, temblorosa y ladeante. A Elysia le costaba asimilar aún que estuviese presenciando una obra de magia después de tantos años, pero a la vez, la esperanzaba enormemente. Tenía que conseguir algo de aquel mago antes de que ella se fuese de allí. Sólo tenía que conseguir que la escuchase... de alguna forma.


La lluvia seguía cayendo de forma torrencial sobre la zona boscosa en la que Elysia trataba, en vano, de mantenerse firme. El terreno parecía embarrarse por momentos y el dolor del tobillo no hacía otra cosa que agudizarse conforme caminaba y caminaba. La chica sabía que debía sentarse, descansar un poco, reponerse del dolor y pensar en qué haría a continuación, pero no ahí. No en mitad del bosque. Todo estaba oscuro, terriblemente oscuro y la lluvia pasó a ser una tormenta cuando los truenos comenzaron a adornar los cielos. En la lejanía, un trueno sonó similar al aullido de unos lobos ¿O no fue realmente un trueno y una manada hambrienta aguardaba cerca? ¿La estaban siguiendo? ¿Sería posible? Sólo de pensarlo, se le erizaron los vellos del cuerpo. Aceleró el paso tanto como le permitía el dolor del tobillo. Sabía y era consciente de su propia mala suerte, pero quizá, quizá por una vez, tuviese la suficiente buenaventura para salir viva de aquella situación... y parecía que así sería.

[Dark Music - The Sealed Kingdom]

Tras pasar unos cuantos árboles lo pudo ver. Tétrico, abandonado, siniestro, envuelto en una neblina penumbrosa que no invitaba precisamente a acercarse, pero allí estaba. Un pequeño castillo, diría, como princesa, que era un castillo humilde, pero castillo a fin de cuentas. Estaba en completas ruinas. Paredes agrietadas, agujereadas, columnas derruidas... y sin embargo había algo encantador en su aspecto. Las gotas de lluvia caían con fuerza sobre ella, como millares de agujas que intentaban atravesarle la piel con toda la maldad de la que podía hacer gala la naturaleza. Pensando en refugiarse y en tomar un respiro, a la chica no le quedó más remedio que aceptar su destino. Al menos allí no estaría a merced de lobos hambrientos ¿Podía ser, como pensaba, quizá un resquicio de buena suerte? La princesa optó por acercarse acelerando el paso para salir por fin del peligro en el que sin querer se había metido, rezando a cualquier ser superior que pudiera escucharla para que ese castillo en ruinas no se le cayese encima, que conociéndose, podía ser más que posible. Aún así, el frío y la tormenta la empujaron al interior. Y el momento en que empujó una de las viejas puertas de madera que impedía la entrada, un escalofrío le recorrió por completo la espalda. La puerta cedió con un enormísimo crujido que se mantuvo conforme se iba abriendo lentamente conforme la chica empujaba. La madera estaba astillada, raspaba, estaba húmeda e hinchada. Necesitaba un mantenimiento urgente. Era un milagro que no se hubiese desprendido de los goznes que la sostenían. Una vez adentro, aún cojeando, la chica observó a su alrededor. Se encontraba en un hall algo pequeño, pero ante ella se encontraban unas escaleras que ascendían y se dividían hacia dos alas diferentes del pequeño castillo. Por lo demás, en la planta baja, había algún par de puertas a las que podía acudir. Había telarañas por doquier y el frío que se filtraba entre las piedras era cortante como hojas de espadas. Además, el susurro del mismo al filtrarse era un tanto estremecedor, como lamentos de viejas almas en pena, quizá los dueños de aquel viejo castillo que aún seguían velando en llantos en sus recobecos y largos pasillos. No sería de extrañar, pensaba la joven, abrazándose a sí misma y tiritando. Del cabello le llovían gotas heladas que al tocarle y recorrerle la espalda, la hacían casi saltar de temor. Por alguna extraña razón que no sabía identificar, se sentía observada. Muy, muy observada y bien de cerca. Aquella incómoda sensación la hacía mirar hacia todas direcciones esperando encontrar aunque fuese una rata y no el vacío pavoroso que daba la sensación de que realmente había fantasmas en el lugar. En ese preciso instante, quizá, deseó no haber creido nunca en que existía algo más que la simple vida mundana, que la magia y lo fantástico estaban lejos de todo entendimiento. Tal vez así no tendría miedo, o no tanto al menos, al estar tan sola en un lugar tan terrorífico. Entonces, debido al frío, el tobillo comenzó a dolerle cada vez más. Era imposible para ella subir las escaleras, de modo que se dirigió hacia una de las puertas de la planta baja. Cerrada, como esperaba. Comprobó la siguiente y al igual, estancada. Parecía que no había solución, hasta que en el otro lado del hall una puerta pareció crujir. Será el viento, pensó la chica, al volverse muy despacio. Una de las puertas estaba abierta y hacia ella se dirigió. Sorprendentemente y para su agrado, era una sala de descanso y solaz, con una vieja hoguera apagada y con la madera ennegrecida y pútrida y viejos sillones. Quizá podría haber forma de encender un fuego y entrar en calor, meditó, mientras se acercaba para inspeccionar si había algo de utilidad para encender un fuego o al menos, madera útil para el mismo. Su percepción del lugar dio un cambio drástico cuando, por arte de magia y nunca mejor dicho, en cuanto se acercó al hogar, una pequeña chispa saltó y un enorme y cálido fuego se prendió, impregnando la sala de luz. Elysia dio un respingo, sobresaltada. Trastabilló dolorida debido al tobillo y estuvo a punto de caer, pero un chirrido llegó a su oido y para su sorpresa, cayó sentada en un sillón que antes no estaba ahí. Con los ojos abiertos como platos miró a todas direcciones, incluso a su espalda y al techo... no había nada ¿Qué demonios estaba pasando en ese lugar? Suspiró... y cuando volvió a mirar el hogar, allí estaba. Pequeña, de la estatura de un niño de 4 o 5 años, con la cabeza redondita y ojos grandes y dorados como estrellas. Alzó una manita negra como la sombra que ella misma era y sus ojos adoptaron una mirada amable y risueña -¡Hola!- dijo con voz dulce y aguda la sombrita, arrancando un grito de la garganta de Elysia.

[The Witcher 3 OST - Skellige Tavern Music Extended]

Dos hombres estaban bailando al son de la música que se tocaba en la taberna de los Siete Gatos de Tremerya, mientras reían y saltaban agarrados de un brazo, dando vueltas sobre la mesa. Allí, en esa misma taberna, tres apuestas muchachas con los corsés tan apretados que los pulmones les llegaban a la garganta al igual que los apretados senos, reían y se trenzaban los cabellos rubios mientras sus ojos se posaban en la figura regia de un cliente especial que con un codo apoyado en la barra, bebía una gigantesca jarra de cerveza junto a un hombre más bajo y rechoncho, su escudero. Él, el adonis tragabirras, no era otro que el caballero errante y héroe de los oprimidos, Reuven Skard y su compañero, el escudero Salom Latam y toda aquella fiesta, era en honor a él, como casi cada noche en los Siete Gatos -¡Un nuevo brindis por Reuven, nuestro buen señor!- gritó uno de los hombres que bailaban y todos alzaron sus copas en honor a él. Reuven, con mirada altanera y sonrisa bravucona, alzaba su copa en señal de agradecimiento. Las tres chicas, hermanas, de cabellos de miel, se derritieron con sólo ver cómo los músculos del apuesto caballero se marcaban y movían como resorters y mecanismos con aquel simple gesto. Se empezaron a abanicar con las manos. Tenían calor en cada parte de su cuerpo y tenían los labios desollados de tanto mordérselos -¿¡Cual será vuestra nueva gran acción, gran caballero!?- preguntó de nuevo el hombre que propuso el brindis -¿¡Darás caza a los Señores de Sotomonte?!- bramó
-¡Quizá!- dijo con voz señorial, riendo -¿Qué opinas, Salom? ¿Deberiamos ir a por los Siete Señores de Sotomonte?-
-Como gustes Reuven, esos enanos poco pueden hacer contra ti- le guiñó un ojo -No puedo esperar a verte en acción si allá vamos ¡Como escudero, quiero aprenderlo todo de ti!-
-Aprenderás, querido amigo, aprenderás- le dio un golpe en el hombro tan fuerte que casi se lo desencaja -Pero hay cosas que no te puedo enseñar. La belleza, el porte ¡La galantería! Todo eso ha de llevarse en la sangre. Así que aprende bien a cómo luchar contra las bestias. Mucho me temo que el carisma no podrás igualarlo- le guiñó un ojo a las tres rubias y se derritieron aún más
-Oh, Reuven, en ningún momento pretendí igualarte ¡Me conformo con ser el tercero por debajo de ti!-
-Ese es el espíritu Salom ¡Ese es el espíritu! Aprendiendo tu lugar- rió. Las tres chicas por fin se acercaron a él, abanicándose esta vez la zona del pecho, para resaltarla -Buenas noches hermosas señoritas-
-R-Reuven... hoy estáis excitantemente atractivo. Mis hermanas y yo estabamos pensando que... bueno... si no vais a marchar con premura a una nueva tarea oficiada por Su Majestad, tal vez quisierais pasar la noche y...-
-No lo sé, no lo sé señoritas- dijo con su tono de voz alto, grave y señorial, peinándose los largos cabellos hacia atrás -Es para mí un honor tamaña invitación pero, ah, el deber del caballero. El peligro, el riesgo. El sudor y la sangre me llaman- sobreactuó
-Pero Reuven... nosotras también podemos aportar peligro, riesgo, sudor... incluso sangre, si es lo que quieres- le tomó una de ellas la mano y se la llevó al escote en señal de petición. Reuven arqueó las cejas y, nada más lejos que ser un desaprovechado, palpó con avidez los abultados pechos de la rubia, sopesando la diversión que obtendría esa noche con las tres
-¿De cuanta sangre estamos hablando?- sonrió pícaro
-¿Cuanta puedes obtener de tres yeguas desbocadas esperando a ser montadas...?- susurró la chica, perdiendo el norte por la excitación, mas la fiesta no tardó en aguarse cuando se abrieron las puertas de la taberna y entraron soldados de la guardia de palacio
-¡En nombre de Su Majestad Xargos, que nadie salga ni se mueva del lugar en el que está! Esta es una redada bajo orden directa del rey ¡Que pare esa música!- el hombre de la flauta obedeció, así como el de los tambores y los cascabeles. Reuven entornó la mirada, molesto, al comprobar cómo el ambiente se enrarecía por culpa de la soldadesca. Para aprovechar aún más su papel, tomó aire hinchando el pecho y le guiñó el ojo a las hermanas
-¡Mis buenos amigos, soldados del rey!- saludó, acercándose a ellos -¿Puedo yo saber, vuestro fiero compañero de armas, qué es lo que ocurre? ¿Rufianes, trasgos, o es que quizá se os ha escapado un... dragón?- dijo con temeridad, para asombrar a los presentes
-¿Qué dice este tipo?- preguntó uno de los soldados al capitán -¿Un dragón?-
-Eres tú, Reuven...- comentó cansado el capitán de la guardia, un hombre de edad algo avanzada -¿De verdad esperas que busquemos un dragón en una taberna?-
-Se nota que nunca habéis visto un dragón, mi buen amigo capitán ¡Los hay de todos los tamaños! Yo ya he conquistado cuatro ¿Cuantos vos?- los soldados se miraron entre sí y aguantaron la risa
-Yo sólo le corté las uñas a uno una vez-
-¿Ah sí?- se cruzó de brazos Reuven
-Sí... luego me lo follé- Reuven compuso gesto adusto y asqueado -Y finalmente se quedó embarazada y ahí está, en mi casa, cuidando de mi hijo. Se llama Gorna y es mi señora- rió el capitán -Dragones... vaya tontería-
-¡No os burléis de Reuven! ¡Es un héroe nacional!- gritó un hombre en la taberna, caldeando al resto de los presentes. La soldadesca se sorprendió al ver como un aparente charlatán como Reuven había reunido tal cantidad de creyentes y seguidores
-¡Silencio!- gritó el capitán -¡Os recordamos que estamos aquí bajo orden real! Vamos a inspeccionar la taberna, así que nadie mueva un músculo-
-Os ayudaré- terció Reuven vanagloriándose -Ellos me harán caso ¿Puedo saber qué es exactamente lo que buscáis, pues?-
-La princesa ha huido- esas simples palabras helaron el cuerpo de Reuven -Se marchó. No la hemos encontrado aunque la seguimos. Quizá haya vuelto y se esconda entre las casas o tabernas del lugar-
-¿Huido...?- agarró al capitán del cuello -¿¡Habéis dejado que mi buena señora se pierda!? ¿¡Con qué objeto!?-
-C-con sólo un camisón...-
-¡NO! ¿¡Que por qué huyó!? ¿¡Qué ha ocurrido!?-
-Estimamos que se debe a la boda que...-
-¿Boda?-
-S-sí... el rey decidió que...-
-Maldito sea...-
-O-oye... ¿Pero qué hago? ¡Suéltame de una puta vez!- rugió el capitán -Compórtate, payaso, o te corto las manos- inquirió empujando a Reuven. Era cierto que aunque era un fantasmón de cuidado, su físico imponía respeto hasta al más bravo
-¡No temáis!- dijo entonces, poniendo los brazos en jarra -Yo encontraré a la princesa- al decir tales palabras, la taberna se alzó en un gran clamor y vítores -¡La devolveré sana y salva a su hogar!-
-¡El reino está a salvo con el gran caballero errante Reuven!- gritaban hombres y mujeres en la taberna. La guardia no daba crédito a lo que estaba naciendo en Tremerya.

Mientras tanto, en el viejo castillo, Elysia estaba congelada con la vista clavada en la sombrita que tenía ante ella, encogida, asustada más ella que la propia princesa -¡Por favor no grites!- suplicó. Sin embargo, el grito no fue realmente de pavor, como de desconcierto y quizá algo de ilusión ¿De verdad era un fantasma? -¿Fan... fantasma? ¡¿Donde!?- saltó hacia el regazo de la chica. Elysia pudo sentir el peso de la sombra. Era física. Era real. Intentó tocarla... y era fría como el hielo, pero suave como el terciopelo más caro del mundo -Me haces cosquillas- inquirió mirándola -¿D-dónde está el fantasma...?- Elysia negó con la cabeza. No había fantasmas. Le preguntaba a ella -¿Yo? ¿Un fantasma?- ofendida, bajó del regazo de la chica ¡Me llamo Umbri! ¡Y no soy ningún fantasma! Puedes verme, puedes tocarme ¡Incluso puedes olerme! Aunque realmente no huelo a nada- se rascó la redonda cabecita -Soy una sombra. Soy una sirviente- Elysia se acercó más a ella para poder apreciarla mejor, sin levantarse del sillón, debido al dolor del tobillo. No podía ver que por fin... por fin... veía con sus propios ojos una obra de magia ¿Pero de quién era sirviente? -De... oh... bueno... mi.. mi amo- ¿Y quién era ese amo? ¿Un poderoso mago? ¿¡Era mago!? Sólo de pensarlo, en que quizá alguien podía ayudarle con esa mala fortuna... -¿Mago? Eh... Bueno, él es... Oh- los ojos de Umbri se redondearon como lunas, petrificada, mirando hacia atrás del sillón. Elysia le preguntó que qué le ocurría, pero Umbri no contestó. Lentamente, la chica giró la cabeza hacia donde miraba la sombrita. Tras el sillón, estaba él. Alto, imponente, envuelto en una capa raida y deshilachada, con los cabellos largos y ralos tal como su barba y unos ojos claros cuyos colores bailaban entre el marrón y el verde -A-amo... yo...- llegó a decir Umbri antes de que el hombre estirarse su mano y con una fuerza descomunal levantara a Ely del sillón
-¿Cómo has entrado en este lugar?- dijo con voz calmada. La chica no llegó a contestar a tiempo -¿¡Cómo has entrado en este lugar!?- la agitó para forzarla a contestar. Ely entonces se dolió del tobillo
-¡Amo! ¡Por favor! ¡Parece estar herida!-
-¡SILENCIO!- ordenó, con un trueno por voz -¡No debiste venir a este lugar! ¡Ni tú ni nadie debería pisar este lugar!- Elysia apenas tuvo tiempo de contestar que simplemente se había perdido -¿Perdido?- gruñó, frunciendo el ceño -Espero que nadie te eche de menos, porque no volverás a pisar fuera de este castillo ¡JAMAS!- y sin mediar más palabra, haciendo caso omiso del dolor de su tobillo, tiró de ella arrastrándola del brazo hacia una habitación concreta de la planta baja, con nada más que un lecho de paja y una estantería vacía. Elysia se aproximaba sin saberlo hacia su prisión, la mazmorra que jamás volvería a abandonar.

lunes, 19 de junio de 2017

Ella tenía mala suerte...

Aquella noche, en Tremerya, las ovaciones, los vítores, las luces y la fiesta no terminaban de cesar. Toda la capital. No, toda la región, celebrara el acontecimiento más emocionante y esperado desde hacía años. La princesa Elysia de Tremerya, a sus veintiséis años de edad, por fin había contraído nupcias. Si bien tal acontecimiento pudiera pasar realmente desapercibido, la población, realmente lo tomaba como una buena señal de prosperidad y bienestar para los años venideros. Así había ocurrido desde hacía generaciones, y así había ocurrido esa noche, pues Elysia, se había enlazado nada más y nada menos que con Lord Byron, gobernador de Dementia, país de las exportaciones e importaciones marítimas por excelencia. Se sabía que en Dementia no había hambruna ni pobreza, sino una enorme prosperidad. Eso significa acuerdos comerciales, protección negociadora e intercambio de nuevas tecnologías. ¿Que podía salir mal? Para Elysia, todo.

La chica no había sonreído en todo el día. De brazos cruzados, había obrado cada ceremonia por la que la habían hecho pasar. Con unos ojos cargados de rabia, miraba a su padre, el rey Xergo de Tremerya, quien parecía el ser mas complacido y feliz de todo el reino. Por debajo de Lord Byron, claro, quien seguramente no podía dejar de cuestionarse la suerte que había llovido sobre él a ser el elegido por el rey de aquel país para tomar a su hija en matrimonio. Por supuesto, toda negociación había sido establecida ajena a los intereses reales de la muchacha, quien ahora no le quedaba otra que acatar las ordenes de su rey y padre. Una vez más, se sentía desafortunada, como cada día de su vida.

Lord Byron era desconocido para ella. Jamás había visto anteriormente al hombre hasta aquel día. Y no menos importante, tenía sesenta años. Su cabeza vislumbraba una calvicie completa inminente, y sus arrugas, decoraban cada palmo de piel que rodeaba su cara. No era atractivo. Para nada. Elysia pudiese haberse contentado con, simplemente, observar que a pesar de su avanzada edad, se trataba de un hombre bondadoso y consciente de sus múltiples limitaciones con respecto a su nueva esposa, pero una vez mas, con muy mala suerte, no sucedió así.

En la cena nupcial, mientras muchísimos de los nobles invitados bailaban, bebían y reían mientras charlaban de próximas ceremonias, Lord Byron había tomado asiento todo el tiempo junto a su mujer. Descaradamente, acercándose a su oído, había empezado a entablar conversaciones con ella cuanto menos precipitadas. Si bien empezó haciendo preguntas banales sobre ella y sus aspiraciones, terminó preguntándole si aún conservaba su virtud. Elysia no supo como afrontar una pregunta tan descarada como aquella. Al mantener silencio, Lord Byron añadió que de ser así, un hombre tan experimentado, con dos matrimonios anteriores a sus espaldas, le enseñaría a ella todo cuanto un hombre podía hacerle a una mujer. Elysia sintió repulsión y nauseas. Tantas, que bebió vino para ver si se calmaba aquella sensación, bebida que detestaba.

Cuando la ceremonia terminó y el rey Xergo dio permiso a su yerno, dos años menor que él, para tomar a su hija y consumar la unión, un grupo de sirvientas silenciosas y recatadas, acompañaron a la joven princesa hasta una habitación que no era la suya habitual. Aquella habitación, que anteriormente había sido un despacho en desuso, era ahora una habitación matrimonial. Una enorme cama custodiaba el centro de la misma, adornada con cascadas de tul que rodeaban el colchón de forma graciosa. Había una mesa, un armario y un retrato de Lord Byron colgado junto a una esquina. Importado especialmente desde Dementia, supuso la chica. Una vez las sirvientas se marcharon, Elysia se tomó la libertad de examinar aquella habitación. Había un camisón sobre la cama. Cuando la mujer lo observó entre sus manos, comprendió que aquello no podía haberlo elegido su padre o las encargados de la moda a vestir de palacio. Era pequeño, estrecho, de una tela demasiado fina. Además, tenía varios lacitos rosados en cada manga y se anudaba por la zona del pecho. Elysia mentiría si dijese que no le recordaba a la ropa de cama de una niña pequeña. Sólo de pensarlo, sintió un enorme escalofrío sobre cuales eran los gustos reales de su esposo. Mordiéndose la lengua para contener su malestar, se quitó el enorme vestido blanco de bodas y se vistió con aquel fino camisón. Al observarse en el espejo que había sobre la mesa, se sintió enormemente ridícula. Nada quedaba a la imaginación, pues cada curva y forma de su cuerpo de adivinaban sobre la tela. Bufó asqueada. ¿Y ahora qué? ¿Debía esperarle tendida sobre la cama y abierta de piernas? Quizá tenía mala suerte, pero aún conservaba su dignidad y su orgullo intactos.

Curiosa, se atrevió a seguir investigando la habitación. No parecía haber demasiadas cosas llamativas, hasta que abrió los cajones de la mesa de noche de su esposo. Había una fusta, un par de velas, un pañuelo y algo con formas raras que no alcanzaba a comprender de qué se trataba. -Esto tiene que ser una broma...- murmuró, tomando la fusta con las manos. -Padre... ¿Quien quien diantres me has casado?-  al decir aquello, las puertas de la habitación se abrieron a sus espaldas. Lord Byron las cerró y empezó a descamisarse, al tiempo que ella guardaba la fusta a toda prisa para que no la pillase.
-¿Que hacéis ahí, niña?-
-Nada, nada. Solo estaba buscando mi... pluma. Escribo todos los días un diario ¿Sabéis?- mintió.
-Un diario... Cuan infantil y encantador a su vez- sonrió de forma perturbada.- Elysia tragó saliva. -Oh, lleváis puesto el camisón que mandé a diseñar exclusivamente para vos. ¿Os gusta?-
-Me queda pequeño y tengo frío con él- comentó sin rodeos -¿A caso no recordábais que en Tremerya la estación predominante es el invierno?-
-Claro que sí, mi niña. Pero ¿No es la labor de un esposo la de proporcionar calor a su mujer?- rió -Venid, dejadme veros- la princesa, aceptó con resignación su petición, colocándose frente a él y mostrando sus vergüenzas -Cuanta... belleza...- musitó. Los dedos le temblaban, ansiosos de agarrar piel. -Es un milagro que en estos tiempos... alguien como vos sea aun... inocente- comentó, como si se le hiciese la boca agua. Elysia sintió aún más ascos que antes. Conforme él se acercaba a ella, la chica daba pasos hacia atrás. Por desgracia, chocó levemente contra el bajo de la cama y no pudo retirarse más. -¿Estáis temblando, mi niña?-
-Yo... solo tengo frío- contestó la princesa con voz temblorosa.
-Oh... cuanta inocencia. No me temáis. Yo solo... voy a enseñarte... cosas que sólo descubrirás conmigo. Si te portas bien, no habrá nada que te haga daño de mi...- sus manos volaron hasta tomar la cintura de la chica. Comenzó a lamer su cuello fino y la mujer no encontró manera de zafarse de él. Raudo, llevó las manos hacia los lazos del pecho para comenzar a desanudarlos con ansias. Incapaz de contenerse, la chica interpuso sus manos frente a sus pechos y no le dejó continuar.
-No... no quiero- dijo sin más, seria y convencida. El rostro bobalicón de Lord Byron, se convirtió en un rostro serio y cargado de rabia.
-¿Sois una niña desconsiderada? ¡Soy vuestro esposo!- gritó, sacando unas cuerdas de entre sus bolsillos. ¡¿Hasta esas cuerdas las tenía preparadas?!
-No soy una niña, dejad de llamarme como tal-
-Si, eres una niña y encima contestona. Tendré que darte una lección. No me dejas remedio- La tomó de la muñeca y la llevó hacia el cabecero de la cama. La arrojó sobre el colchón y tiró de sus brazos para ponerlos en alto. Pretendía atarla sin miramientos, presa de su propia fantasía sexual. -Te dije que nada te dolería. Espero que ahora no te quejes. Eres una niña desobediente- Elysia veía como el hombre ejercía fuerza sobre ella. Sería difícil escapar si no actuaba pronto y con razonamiento. Rápidamente, se le ocurrió una idea que podría funcionar.
-Lord Byron... ¿Y por que no os ato yo?- preguntó con ronroneos. Ante aquella pregunta, el hombre se detuvo, mirándola perplejo. Volvió a estudiar todo su cuerpo por completo.
-Oh... tu niña... ¿Tu eres juguetona y traviesa?-
-Digamos que... he crecido siendo una princesa malcriada. No me gusta el control sobre mi. Me gusta más... ejercerlo y dominar- esclareció -Y experimentar- añadió. El hombre se puso nervioso. Casi se arrojó el solo a la cama con violencia.
-Niña mala... ¿Te gusta jugar a ser adulta?-
-Siempre he querido saber... que es lo que hacen los adultos- prosiguió con la estrategia. Ató a Lord Byron al cabecero de la cama con extrema fuerza, la cual pareció excitar al hombre. Negándose a mirarle su erecta entrepierna, se dirigió de nuevo hacia la mesa de noche. Tomó el pañuelo que vió antes y tapó los ojos del asqueroso hombre.
-Oh... así que habías cotilleado entre mis cosas. ¿Quieres saber para que son?- rió de forma pervertida. Mientras, cuando él ya no podía ver, Elysia se quedó mirándolo, estudiando sus opciones. Estaba condenada. Su maldita suerte la tenía condenada y cada día era peor que el anterior. Con aquel hombre allí, todo jugaba más aún en su contra. Tenía que salvarse así misma y encontrar de una vez por todas la forma de deshacer el maleficio. -¿Niña? ¿Donde estás?-
-Es ahora o nunca- murmuró
-¿Que has dicho?-

Un sonoro clanck restalló a lo largo de la habitación y Lord Byron dejó caer su cuerpo inconsciente y cabeza sangrante sobre el cabecero de la cama. Elysia respiraba de forma agitada, aún con el candelabro de la mesa de noche en las manos. Era de oro macizo. Nunca había apreciado tanto el oro como aquel día. No había tiempo.

No se vistió, no tomó nada para el viaje, apenas se molestó en dejar el candelabro en su sitio.

El palacio de Tremerya estaba rodeado por enormes zarzas y regaderas espesas apegadas a la fachada del mismo. Elysia solo tuvo que salir por la ventana y agarrarse a una de ellas. Descendió lenta y concienzudamente, pero una vez más, la mala suerte obró. Cayó, torciéndose dolorosamente el tobillo. Alertó a cada guardia y sirviente que paseaba por los jardines de palacio, de manera que sólo pudo correr, cojeando, hasta los establos. Montó en una yegua blanca, preciosa, a horcajadas, justo como su padre siempre le había prohibido porque decía que montar así no era la forma de las señoritas. Le dio con el tobillo en el lomo al animal, que salió corriendo a voluntad de la chica hasta las afueras de palacio, con toda una legión de soldados siguiéndola por las espaldas.

Llovía, llovía con fuerza aquel día, tan invernal como todos. La tierra se enfangaba y dificultaba el paso de los caballos que formaban parte de aquella persecución a lo largo de toda la capital. Elysia no tuvo más remedio que adentrarse en los bosques que colindaban toda la ciudad, con ánimo de despistar a sus perseguidores. Fue una buena y una mala idea a su vez. Por un lado, tras un rato de persecución haciendo zig zag entre los árboles y galopando sin rumbo alguno, consiguió despistar a todos los guardias que la seguían. Pero por otro, la tierra de los bosques estaban aún más enfangada que la de la ciudad, lo que provoco que, kilómetros y kilómetros alejada de la ciudad, tras un par de horas de carrera en la espesura del corazón del bosque, que no parecía nunca terminar, la yegua cediese y cayese al suelo embarrado, y junto con el animal, lo hizo la chica. La yegua consiguió ponerse en pie rápido y se fue corriendo, pero la princesa, se quedó sola, con el tobillo hinchado, incapaz de moverse por un suelo tan turbulento.

Cuando consiguió ponerse en pie, se vio sucia, asqueada y mojada. No dejaba de llover y su visión se reducía en consecuencia. No le quedaba otra que seguir hacia el frente. Al salir del bosque, ya pensaría que hacer. Eso si conseguía salir, porque con el pie así, no iba a conseguir llegar muy lejos. tenía muy, muy mala suerte. Elysia, estaba maldita.
Casi 10 años atrás...

Las sombras del brujo, sirvientes y obedientes, apartaron las pesadas piedras que bloqueaban el camino hacia el interior de aquella monstruosa y siniestra caverna, tan gigantesca y profunda como la gran montaña en la que ahondaba. La llamaban Cumbre Estigia y allí y sólo allí podría encontrar lo que buscaba. Una vez el camino estuvo completamente libre, la mujer que le acompañaba, Yenna, se agarró a su brazo derecho con esperanza y desesperación -Es aquí. Podemos entrar- dijo entre ilusionada y aterrada, mordiéndose el labio, apretándose contra el brujo
-¿Estás segura de que es lo que quieres hacer?- preguntó Kal, observándola cuan alto era, agarrada a él. Yenna, de piel lunar y cabellos oscuros y rizados como una tormenta de cuervos, le miró con ojos violeta. Una sonrisa se perfiló en sus labios pintados del color de la manzana más roja del mundo
-Sabes que es lo que necesito hacer. Necesito su... favor... para poder salvar a mi hermana. No sé cuanto más resistirá. Kal... yo...-
-No importa- cortó él, devolviendo la mirada a las profundidades de la cueva, sin un ápice de luz que la llenara -Sed mis ojos- ordenó Kal a sus sirvientes sombríos, que se deshacieron en nubes negras adentrándose en la penumbra. Los blancos globos oculares del brujo se tornaron negros lentamente, al fundir su visión con la de sus familiares. Podía ver claramente el interior de la cueva como si estuviese expuesta al sol -Podemos entrar, no existe peligro alguno- aseguró echando a caminar, seguido por Yenna muy de cerca.

Yenna y Kal se conocieron hacía casi un año. Ella era una maga, manejaba con completa soltura toda clase de hechizos referentes a la magia elemental, era poderosa, inteligente, metódica y ningún hombre negaría lo terriblemente hermosa que era. Eso, en conjunto con su carácter pícaro en ocasiones y profesional en otros, la hacía encantadora a ojos de Kalan Drak, uno de los últimos, si no el último, brujo que quedaba vivo tras generaciones de degradamiento y muerte. Fue fácil para Yenna conocer al hombre, ya que si algo se sabía entre los círculos mágicos era que los brujos, desde los albores de los tiempos, nunca fueron demasiado amigables. Eran prácticamente tribales y eso los hacía poderosos y temibles, con clanes propios donde se guardaban sus grandísimos secretos. No obstante, en el último siglo su número menguó en gran medida y con ellos murieron sus secretos, salvo por Kalan. Era el último y estaba sano. Yenna no podía creerlo cuando lo encontró, que el destino le sonriera de aquella manera. Como buen brujo, era solitario, taciturno y no demasiado confiado, pero la mujer supo ganárselo. Ella era consciente de lo que los hombres querían de las mujeres y sobre todo era muy consciente de lo que ella podía ofrecer a un hombre si se comparaba con otras mujeres. Sabía apreciarse a sí misma en el espejo, sabía cual era su belleza y sabía que, gracias a según qué usos de la magia, podía volverse aún más atractiva. Limpiar alguna imperfección, disimular cicatrices, suavizar su piel, incluso contornearse y recalcar aún más sus atributos. Hubiese sido muy fácil afirmar que Kalan era un hombre más y que no tardó en caer presa de sus redes, envuelto en sábanas con los traviesos pechos de la mujer entre sus dedos. Sin embargo, para vergüenza de Yenna, no fue así. Kal estaba en pleno uso de sus facultades mentales y antes que sus propios deseos e instintos, llevaba por bandera que era un brujo y tenía muy en cuenta lo que significaba para él yacer con una mujer. El mero hecho de sembrar su simiente en vientre femenino podía significar una bendición o una terrible maldición, si la madre utilizaba a la criatura que pudiese venir. Yenna le dedicó días y meses de trabajo a congeniar con Kal, pero por más seductora que actuara o provocativa que vistiese. Incluso bañándose desnuda en un río de camino a la Cumbre Estigia, consiguió desnudarlo y yacer con él. No obstante, se ganó algo más que su atención, se ganó su afecto. El camino al corazón de Kal fue el contarle la historia de su hermana Morgana y el por qué necesitaba tan desesperadamente la ayuda de un brujo. La joven maga hermana menor de Yenna se había extralimitado y había hecho cosas terribles, teniendo que repararlas sacrificando su propia esencia para solucionarlo. Era sólo una niña, y no conocía los riesgos que ello entrañaba. Ahora se moría, vacía de su poder, vacía de su magia, su corazón se apagaba lentamente, así como su mente y su cuerpo. Necesitaba hablar con Él, dador de poder, conjurador de contratos increbrantables, magia oscura y poderosa hecha demonio, con forma y pensamiento, Kharandir.

Las leyendas hablaban de cómo Kharandir había ocultado la puerta a su propio mundo dentro de la Cumbre Estigia, por ello se consideró una montaña prohibida, un lugar de pecado, maldito, que ningún hombre o mujer debería pisar, menos aún si había nacido con el don del arcano y la magia. Y sin embargo, allí estaban Kal y Yenna, avanzando con vehemencia hacia el interior, atravesando la grandísima gruta. Desde el momento en que cruzaron el umbral, el brujo tenía la sensación de que le seguían, pero ninguna de sus sombras fue capaz de identificar señal de vida alguna en los alrededores, por lo que el brujo dedujo que se debía de tratar de alguna interferencia mágica en sus propios sentidos. Finalmente, llegaron al corazón de la montaña. Allí, una gigantesca roca se hallaba, con forma ovalada, posicionada en el centro de la gran sala, redondeada, tallada por manos y no por el capricho de la naturaleza. En la roca ovalada había esculpida la figura de un monstruoso ser, envuelto en códices rúnicos en un lenguaje muy, muy antiguo. Yenna creó una esfera de fuego emitiendo luz para poder ver con sus propios ojos lo que allí había inscrito. Sus ojos se abrieron como platos y su sonrisa se ensanchó tanto que podría abarcar el mundo entero -¿Es esto lo que buscabas, entonces?- preguntó Kal, satisfecho, al verla tan feliz
-Sí... definitivamente es esto- ella se acercó a la piedra y trató de tocarla con una mano, mas una sensación electrizante le hizo detenerse. Vibraba. Había una conjunción mágica y oscura tan poderosa en esa piedra... -Kal... no sé cómo darte las gracias-
-Me es suficiente con verte feliz- sonrió el brujo con calidez -Estoy complacido por poder ayudarte a ti y a Morgana- Yenna se acercó a él. Le acarició la barba desaliñada y los cabellos largos y entretejidos del brujo. Finalmente, le tomó del rostro y lo besó lenta y profundamente. Por una vez, Kal no se apartó y se dejó besar. Tras tantos años en soledad, el hombre empezaba a comprender que el año que había estado compartiendo con Yenna le había enseñado lo que era sentir afecto por alguien. A amar. Y aquel beso fue, paradójicamente, una sensación mágica que no creyó que existiera. Quizá, cuando saliesen de allí, si volvían a estar a solas, ellos podrían...
-Invócale- dijo entonces Yenna cuando se apartó de él, con cierto deje inquisitivo -Invócale ya, Kal. Y salgamos de aquí-
-¿Es seguro?-
-Espero que sí- suspiró -Si no estás seguro, aún podemos marcharnos- dijo con tristeza. Sabía cual era la tecla. Por fin conocía a Kal lo suficiente. Y le había besado. Ese hombre no volvería a echarse atrás
-No... si hemos llegado hasta aquí, lo haré. Por ti y Morgana- Kal se acercó a la roca y la tocó. La acarició con un dedo, dibujando símbolos invisibles con el mismo a lo largo de la roca. El ambiente se enfrió hasta el punto de que de la boca de Yenna y Kal emanaba vaho -Kharandir- pronunció Kalan con un suspiro antes de dibujar el último símbolo -Responde a la sangre de Drak- musitó finalmente, dándose un pequeño mordisco en el pulgar y frotándolo contra la roca. La tierra comenzó a temblar y del techo de la galería comenzaron a caer rocas. Yenna invocó un escudo mágico al rededor de ella para protegerse.

De la inmensa figura tallada en la roca, comenzó a manar una gran cantidad de energía mágica en forma nubosa y neblinosa, lentamente, tomando forma sobre Kalan y Yenna, que asombrados, contemplaban el inmensísimo poder que contenía dicho ser. Ninguno de los dos llegaba a imaginar por un instante que se encontrarían ante una amalgama de magia tan pura. Era peligroso, era una bomba de relojería. Si realmente era un ser con consciencia, si se enfadaba, habrían hecho algo terrible. Kal comenzó a arrepentirse en el instante en que comenzó a comprender el infortunio que acababa de liberar en el mundo. Sólo esperaba poder encerrarle nuevamente, o la existencia como se conocía podría llegar a su fin. Lentamente, la forma neblinosa tomaba forma, un ser humanoide con rostro demoniaco coronado por enormes cuernos y alas gigantescas de pesadilla estaba tomando forma, observándolos con ojos furiosos, incandescentes, como dos soles a punto de estallar
-Nunca pensé que lo conseguirías- dijo entonces una voz tras ellos. Al girarse, comprobó que había 5 personas, 5 figuras encapuchadas los observaban a ellos en lugar de a la criatura que lentamente volvía a la vida -Y sin llevártelo a la cama- puntualizó aquel hombre risueño de mirada traviesa -¡A eso le llamo yo tener un buen coño de acero!-
-No seas zafio- puntualizó otro, que parecía ser el líder, serio, con el pelo casi afeitado en las sienes y más largo en la parte superior de la cabeza. Debía de ser poco mayor que Kalan -Debimos imaginar que finalmente lo conseguirías-
-Os lo dije- dijo Yenna, sonriente
-¿Qué significa esto, Yen?- el brujo no entendía -¿Son estos los que nos seguían?-
-¡Llevamos detrás tuya desde que dejaste Tremerya!- rió el de la barba -Esperaba más de un brujo. Esas leyendas que se cuentan de tu raza al final han quedado un poco en entredicho-
-No obstante, aquí está, Kharandir. Ya sabéis qué hacer- y a la orden del aparente líder, los 5 encapuchados extendieron sus manos y lazos mágicos se extendieron hasta Kharandir. La bestia comenzó a rugir
-¿¡Qué estáis haciendo!?- gruñó Kal -¡No entendéis la magnitud de vuestras acciones! ¡Vais a condenarnos a todos!-
-Oh, no, brujo. Para eso estás aquí, no sólo para ser la llave al poder de la Bestia de Estigia- sonrió con parsimonia -Yenna, por favor- la miró y la mujer, a su vez, se acercó al brujo
-Lo siento querido- musitó, antes de clavar la mano en su espalda. Kalan se quedó sin aliento en un instante -Ahora- alzó la voz Yenna, observando la oscuridad de Kharandir. Los magos traicioneros entonces dirigieron sus hechizos hacia Kalan, que se vio rodeado por la energía oscura de la criatura
-Sellado queda, el destino de los dos últimos monstruos- sonrió el hombre -Maela, haz tu trabajo- ordenó a una tercera en discordia, una sexta figura, que no formaba parte de los magos, sino de los hechiceros. La mujer, joven, prácticamente adolescente, sacó de bajo su capa  una esfera de cristal, que comenzó a acariciar con una de sus manos
-Sea dicho por el sol, y dicho por las estrellas. Sea pronunciado pues en nombre de la luna. Que en nombre del caos, dos almas sean una. Y en diez años ocurra la más terrible de las torturas. Que la lucha sea eterna, entre hombre y bestia. Y a su vez, hombre y bestia, para siempre se unan- en el interior de la esfera de cristal, comenzó a nacer una nebulosa siniestra, reflejando en el interior de ella a Kalan envuelto en la oscuridad de Kharandir. El brujo gritaba en una agonía incesante mientras los magos y la hechicera contemplaban cómo el terrible demonio de Estigia era encerrado dentro del cuerpo del brujo, que finalmente cayó al suelo, derrotado y sin fuerzas
-Nunca me resultó tan placentero matar dos pájaros de un tiro- observó el líder de los magos, haciéndole una señal a Yenna
-Me temo que te robé el corazón- dijo la mujer con voz queda -Ahora debo hacerlo de verdad- con un tirón, con su mano clavada en la espalda del brujo, extrajo de forma literal el corazón del hombre, que a pesar de ello, no murió. La herida sangraba profusamente como así lo hacía el órgano en la mano de la mujer, que aún latía -Aquí está, el nuevo Arca de Kharandir- se aproximó entonces al líder de los magos -He cumplido mi cometido- el hombre la observó con una sonrisa maliciosa en sus labios, la tomó de la cintura y se la apegó para besarla con pasión. Ella respondió despeinándole, como si le fuera la vida en ello
-No esperaba menos de ti. Bienvenida al Cónclave, mi querida Yenna- dijo con amor
-Mi lealtad, mi alma y mi corazón está contigo, mi amo y maestro-
-Qué boniiiito- terció el hombre de la barba y mirada sarcástica -¿Hemos acabado ya, Merlín?
-Silencio- ordenó -Aún nos queda...- el corazón del brujo levitó de la mano de Yenna hacia la del maestro Merlín, que se iluminó y se dividió en seis fragmentos -Esta es la nueva fuente de la magia- sonrió -Tomad cada uno el vuestro y haced que el mundo vuelva a someterse a los grandes dones del arcano- los fragmentos levitaron hacia cada uno de los magos encapuchados, en forma de piedra rojiza y brillante -Por lo demás... devolved a esa escoria a su hogar. Dentro de diez años... encontrará su propio final- se echó a reir, abrazando a Yenna de la cintura y desvaneciéndose como si no fuese más que una ilusión.

Kalan despertó un día después. Se levantó con las piernas débiles, temblando. Tenía una inmensa sensación de frío. Tanto que le dolían las manos. Se tambaleaba de un lado a otro, chocaba contra los muebles, derramaba al suelo todo tipo de instrumental alquímico, rompía frascos y despilfarraba materiales valiosos. Todo hasta que por fin llegó hasta la mesa de trabajo, donde se pudo apoyar. Tosió con violencia y derramó sangre sobre la madera. Al contemplar semejante daño, tomó un pequeño espejo y lo observó detenidamente, sólo para comprobar cómo sus ojos eran dorados como el sol, brillantes y cegadores. De los mismos, venas siniestras brotaban hacia sus sienes, del color de la tinta. Asustado, no podía creer lo que veía, no podía ser cierto que aquello no fuera una pesadilla. Entonces, el reflejo en el espejo, de ojos dorados y rostro oscuro, sonrió lentamente mostrando colmillos afilados como una bestia -Yo soy tú y tú eres yo- dijo con voz infernal -Mas no cederé a los caprichos de un mundano. Dentro de diez años... me pertenecerás- concluyó con voz cavernosa y profunda, gutural. Sin albergar ningún tipo de emoción exacta, sin saber si sentía miedo o rabia, sólo confusión, incapaz de ordenar sus pensamientos, gritó una última vez, en un resquicio de recuerdo de desolación. Y su pequeño castillo, a las afueras de Tremerya, estalló en pedazos envuelto tras una explosión de magia sombría y penumbra, dejándolo casi en ruinas. A lo largo de casi 10 años, el reino de Tremerya supo que esa fortaleza estaba maldita y decían, poblada por un temible fantasma...