Casi 10 años atrás...
Las sombras del brujo, sirvientes y obedientes, apartaron las pesadas piedras que bloqueaban el camino hacia el interior de aquella monstruosa y siniestra caverna, tan gigantesca y profunda como la gran montaña en la que ahondaba. La llamaban Cumbre Estigia y allí y sólo allí podría encontrar lo que buscaba. Una vez el camino estuvo completamente libre, la mujer que le acompañaba, Yenna, se agarró a su brazo derecho con esperanza y desesperación -Es aquí. Podemos entrar- dijo entre ilusionada y aterrada, mordiéndose el labio, apretándose contra el brujo
-¿Estás segura de que es lo que quieres hacer?- preguntó Kal, observándola cuan alto era, agarrada a él. Yenna, de piel lunar y cabellos oscuros y rizados como una tormenta de cuervos, le miró con ojos violeta. Una sonrisa se perfiló en sus labios pintados del color de la manzana más roja del mundo
-Sabes que es lo que necesito hacer. Necesito su... favor... para poder salvar a mi hermana. No sé cuanto más resistirá. Kal... yo...-
-No importa- cortó él, devolviendo la mirada a las profundidades de la cueva, sin un ápice de luz que la llenara -Sed mis ojos- ordenó Kal a sus sirvientes sombríos, que se deshacieron en nubes negras adentrándose en la penumbra. Los blancos globos oculares del brujo se tornaron negros lentamente, al fundir su visión con la de sus familiares. Podía ver claramente el interior de la cueva como si estuviese expuesta al sol -Podemos entrar, no existe peligro alguno- aseguró echando a caminar, seguido por Yenna muy de cerca.
Yenna y Kal se conocieron hacía casi un año. Ella era una maga, manejaba con completa soltura toda clase de hechizos referentes a la magia elemental, era poderosa, inteligente, metódica y ningún hombre negaría lo terriblemente hermosa que era. Eso, en conjunto con su carácter pícaro en ocasiones y profesional en otros, la hacía encantadora a ojos de Kalan Drak, uno de los últimos, si no el último, brujo que quedaba vivo tras generaciones de degradamiento y muerte. Fue fácil para Yenna conocer al hombre, ya que si algo se sabía entre los círculos mágicos era que los brujos, desde los albores de los tiempos, nunca fueron demasiado amigables. Eran prácticamente tribales y eso los hacía poderosos y temibles, con clanes propios donde se guardaban sus grandísimos secretos. No obstante, en el último siglo su número menguó en gran medida y con ellos murieron sus secretos, salvo por Kalan. Era el último y estaba sano. Yenna no podía creerlo cuando lo encontró, que el destino le sonriera de aquella manera. Como buen brujo, era solitario, taciturno y no demasiado confiado, pero la mujer supo ganárselo. Ella era consciente de lo que los hombres querían de las mujeres y sobre todo era muy consciente de lo que ella podía ofrecer a un hombre si se comparaba con otras mujeres. Sabía apreciarse a sí misma en el espejo, sabía cual era su belleza y sabía que, gracias a según qué usos de la magia, podía volverse aún más atractiva. Limpiar alguna imperfección, disimular cicatrices, suavizar su piel, incluso contornearse y recalcar aún más sus atributos. Hubiese sido muy fácil afirmar que Kalan era un hombre más y que no tardó en caer presa de sus redes, envuelto en sábanas con los traviesos pechos de la mujer entre sus dedos. Sin embargo, para vergüenza de Yenna, no fue así. Kal estaba en pleno uso de sus facultades mentales y antes que sus propios deseos e instintos, llevaba por bandera que era un brujo y tenía muy en cuenta lo que significaba para él yacer con una mujer. El mero hecho de sembrar su simiente en vientre femenino podía significar una bendición o una terrible maldición, si la madre utilizaba a la criatura que pudiese venir. Yenna le dedicó días y meses de trabajo a congeniar con Kal, pero por más seductora que actuara o provocativa que vistiese. Incluso bañándose desnuda en un río de camino a la Cumbre Estigia, consiguió desnudarlo y yacer con él. No obstante, se ganó algo más que su atención, se ganó su afecto. El camino al corazón de Kal fue el contarle la historia de su hermana Morgana y el por qué necesitaba tan desesperadamente la ayuda de un brujo. La joven maga hermana menor de Yenna se había extralimitado y había hecho cosas terribles, teniendo que repararlas sacrificando su propia esencia para solucionarlo. Era sólo una niña, y no conocía los riesgos que ello entrañaba. Ahora se moría, vacía de su poder, vacía de su magia, su corazón se apagaba lentamente, así como su mente y su cuerpo. Necesitaba hablar con Él, dador de poder, conjurador de contratos increbrantables, magia oscura y poderosa hecha demonio, con forma y pensamiento, Kharandir.
Las leyendas hablaban de cómo Kharandir había ocultado la puerta a su propio mundo dentro de la Cumbre Estigia, por ello se consideró una montaña prohibida, un lugar de pecado, maldito, que ningún hombre o mujer debería pisar, menos aún si había nacido con el don del arcano y la magia. Y sin embargo, allí estaban Kal y Yenna, avanzando con vehemencia hacia el interior, atravesando la grandísima gruta. Desde el momento en que cruzaron el umbral, el brujo tenía la sensación de que le seguían, pero ninguna de sus sombras fue capaz de identificar señal de vida alguna en los alrededores, por lo que el brujo dedujo que se debía de tratar de alguna interferencia mágica en sus propios sentidos. Finalmente, llegaron al corazón de la montaña. Allí, una gigantesca roca se hallaba, con forma ovalada, posicionada en el centro de la gran sala, redondeada, tallada por manos y no por el capricho de la naturaleza. En la roca ovalada había esculpida la figura de un monstruoso ser, envuelto en códices rúnicos en un lenguaje muy, muy antiguo. Yenna creó una esfera de fuego emitiendo luz para poder ver con sus propios ojos lo que allí había inscrito. Sus ojos se abrieron como platos y su sonrisa se ensanchó tanto que podría abarcar el mundo entero -¿Es esto lo que buscabas, entonces?- preguntó Kal, satisfecho, al verla tan feliz
-Sí... definitivamente es esto- ella se acercó a la piedra y trató de tocarla con una mano, mas una sensación electrizante le hizo detenerse. Vibraba. Había una conjunción mágica y oscura tan poderosa en esa piedra... -Kal... no sé cómo darte las gracias-
-Me es suficiente con verte feliz- sonrió el brujo con calidez -Estoy complacido por poder ayudarte a ti y a Morgana- Yenna se acercó a él. Le acarició la barba desaliñada y los cabellos largos y entretejidos del brujo. Finalmente, le tomó del rostro y lo besó lenta y profundamente. Por una vez, Kal no se apartó y se dejó besar. Tras tantos años en soledad, el hombre empezaba a comprender que el año que había estado compartiendo con Yenna le había enseñado lo que era sentir afecto por alguien. A amar. Y aquel beso fue, paradójicamente, una sensación mágica que no creyó que existiera. Quizá, cuando saliesen de allí, si volvían a estar a solas, ellos podrían...
-Invócale- dijo entonces Yenna cuando se apartó de él, con cierto deje inquisitivo -Invócale ya, Kal. Y salgamos de aquí-
-¿Es seguro?-
-Espero que sí- suspiró -Si no estás seguro, aún podemos marcharnos- dijo con tristeza. Sabía cual era la tecla. Por fin conocía a Kal lo suficiente. Y le había besado. Ese hombre no volvería a echarse atrás
-No... si hemos llegado hasta aquí, lo haré. Por ti y Morgana- Kal se acercó a la roca y la tocó. La acarició con un dedo, dibujando símbolos invisibles con el mismo a lo largo de la roca. El ambiente se enfrió hasta el punto de que de la boca de Yenna y Kal emanaba vaho -Kharandir- pronunció Kalan con un suspiro antes de dibujar el último símbolo -Responde a la sangre de Drak- musitó finalmente, dándose un pequeño mordisco en el pulgar y frotándolo contra la roca. La tierra comenzó a temblar y del techo de la galería comenzaron a caer rocas. Yenna invocó un escudo mágico al rededor de ella para protegerse.
De la inmensa figura tallada en la roca, comenzó a manar una gran cantidad de energía mágica en forma nubosa y neblinosa, lentamente, tomando forma sobre Kalan y Yenna, que asombrados, contemplaban el inmensísimo poder que contenía dicho ser. Ninguno de los dos llegaba a imaginar por un instante que se encontrarían ante una amalgama de magia tan pura. Era peligroso, era una bomba de relojería. Si realmente era un ser con consciencia, si se enfadaba, habrían hecho algo terrible. Kal comenzó a arrepentirse en el instante en que comenzó a comprender el infortunio que acababa de liberar en el mundo. Sólo esperaba poder encerrarle nuevamente, o la existencia como se conocía podría llegar a su fin. Lentamente, la forma neblinosa tomaba forma, un ser humanoide con rostro demoniaco coronado por enormes cuernos y alas gigantescas de pesadilla estaba tomando forma, observándolos con ojos furiosos, incandescentes, como dos soles a punto de estallar
-Nunca pensé que lo conseguirías- dijo entonces una voz tras ellos. Al girarse, comprobó que había 5 personas, 5 figuras encapuchadas los observaban a ellos en lugar de a la criatura que lentamente volvía a la vida -Y sin llevártelo a la cama- puntualizó aquel hombre risueño de mirada traviesa -¡A eso le llamo yo tener un buen coño de acero!-
-No seas zafio- puntualizó otro, que parecía ser el líder, serio, con el pelo casi afeitado en las sienes y más largo en la parte superior de la cabeza. Debía de ser poco mayor que Kalan -Debimos imaginar que finalmente lo conseguirías-
-Os lo dije- dijo Yenna, sonriente
-¿Qué significa esto, Yen?- el brujo no entendía -¿Son estos los que nos seguían?-
-¡Llevamos detrás tuya desde que dejaste Tremerya!- rió el de la barba -Esperaba más de un brujo. Esas leyendas que se cuentan de tu raza al final han quedado un poco en entredicho-
-No obstante, aquí está, Kharandir. Ya sabéis qué hacer- y a la orden del aparente líder, los 5 encapuchados extendieron sus manos y lazos mágicos se extendieron hasta Kharandir. La bestia comenzó a rugir
-¿¡Qué estáis haciendo!?- gruñó Kal -¡No entendéis la magnitud de vuestras acciones! ¡Vais a condenarnos a todos!-
-Oh, no, brujo. Para eso estás aquí, no sólo para ser la llave al poder de la Bestia de Estigia- sonrió con parsimonia -Yenna, por favor- la miró y la mujer, a su vez, se acercó al brujo
-Lo siento querido- musitó, antes de clavar la mano en su espalda. Kalan se quedó sin aliento en un instante -Ahora- alzó la voz Yenna, observando la oscuridad de Kharandir. Los magos traicioneros entonces dirigieron sus hechizos hacia Kalan, que se vio rodeado por la energía oscura de la criatura
-Sellado queda, el destino de los dos últimos monstruos- sonrió el hombre -Maela, haz tu trabajo- ordenó a una tercera en discordia, una sexta figura, que no formaba parte de los magos, sino de los hechiceros. La mujer, joven, prácticamente adolescente, sacó de bajo su capa una esfera de cristal, que comenzó a acariciar con una de sus manos
-Sea dicho por el sol, y dicho por las estrellas. Sea pronunciado pues en nombre de la luna. Que en nombre del caos, dos almas sean una. Y en diez años ocurra la más terrible de las torturas. Que la lucha sea eterna, entre hombre y bestia. Y a su vez, hombre y bestia, para siempre se unan- en el interior de la esfera de cristal, comenzó a nacer una nebulosa siniestra, reflejando en el interior de ella a Kalan envuelto en la oscuridad de Kharandir. El brujo gritaba en una agonía incesante mientras los magos y la hechicera contemplaban cómo el terrible demonio de Estigia era encerrado dentro del cuerpo del brujo, que finalmente cayó al suelo, derrotado y sin fuerzas
-Nunca me resultó tan placentero matar dos pájaros de un tiro- observó el líder de los magos, haciéndole una señal a Yenna
-Me temo que te robé el corazón- dijo la mujer con voz queda -Ahora debo hacerlo de verdad- con un tirón, con su mano clavada en la espalda del brujo, extrajo de forma literal el corazón del hombre, que a pesar de ello, no murió. La herida sangraba profusamente como así lo hacía el órgano en la mano de la mujer, que aún latía -Aquí está, el nuevo Arca de Kharandir- se aproximó entonces al líder de los magos -He cumplido mi cometido- el hombre la observó con una sonrisa maliciosa en sus labios, la tomó de la cintura y se la apegó para besarla con pasión. Ella respondió despeinándole, como si le fuera la vida en ello
-No esperaba menos de ti. Bienvenida al Cónclave, mi querida Yenna- dijo con amor
-Mi lealtad, mi alma y mi corazón está contigo, mi amo y maestro-
-Qué boniiiito- terció el hombre de la barba y mirada sarcástica -¿Hemos acabado ya, Merlín?
-Silencio- ordenó -Aún nos queda...- el corazón del brujo levitó de la mano de Yenna hacia la del maestro Merlín, que se iluminó y se dividió en seis fragmentos -Esta es la nueva fuente de la magia- sonrió -Tomad cada uno el vuestro y haced que el mundo vuelva a someterse a los grandes dones del arcano- los fragmentos levitaron hacia cada uno de los magos encapuchados, en forma de piedra rojiza y brillante -Por lo demás... devolved a esa escoria a su hogar. Dentro de diez años... encontrará su propio final- se echó a reir, abrazando a Yenna de la cintura y desvaneciéndose como si no fuese más que una ilusión.
Kalan despertó un día después. Se levantó con las piernas débiles, temblando. Tenía una inmensa sensación de frío. Tanto que le dolían las manos. Se tambaleaba de un lado a otro, chocaba contra los muebles, derramaba al suelo todo tipo de instrumental alquímico, rompía frascos y despilfarraba materiales valiosos. Todo hasta que por fin llegó hasta la mesa de trabajo, donde se pudo apoyar. Tosió con violencia y derramó sangre sobre la madera. Al contemplar semejante daño, tomó un pequeño espejo y lo observó detenidamente, sólo para comprobar cómo sus ojos eran dorados como el sol, brillantes y cegadores. De los mismos, venas siniestras brotaban hacia sus sienes, del color de la tinta. Asustado, no podía creer lo que veía, no podía ser cierto que aquello no fuera una pesadilla. Entonces, el reflejo en el espejo, de ojos dorados y rostro oscuro, sonrió lentamente mostrando colmillos afilados como una bestia -Yo soy tú y tú eres yo- dijo con voz infernal -Mas no cederé a los caprichos de un mundano. Dentro de diez años... me pertenecerás- concluyó con voz cavernosa y profunda, gutural. Sin albergar ningún tipo de emoción exacta, sin saber si sentía miedo o rabia, sólo confusión, incapaz de ordenar sus pensamientos, gritó una última vez, en un resquicio de recuerdo de desolación. Y su pequeño castillo, a las afueras de Tremerya, estalló en pedazos envuelto tras una explosión de magia sombría y penumbra, dejándolo casi en ruinas. A lo largo de casi 10 años, el reino de Tremerya supo que esa fortaleza estaba maldita y decían, poblada por un temible fantasma...
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